C64 VS SPECTRUM VS AMSTRAD
TRES MÁQUINAS, UNA GUERRA. ¿CUÁL GANÓ DE VERDAD LOS AÑOS 80?
► EL CONTEXTO: TRES MÁQUINAS EN EL PATIO DEL COLEGIO
Si creciste en España entre 1983 y 1991 con un microordenador en casa, ya sabes que esto no era solo tecnología. Era identidad. Quien tenía un Commodore 64 miraba por encima del hombro al del Spectrum, que a su vez le explicaba al del Amstrad que su máquina era "un clon barato". Y todos juntos —en secreto— admiraban las demos del C64 que aparecían en Micromanía sin poder creerlo del todo.
La guerra de los microordenadores de los 80 no la ganó nadie con un argumento técnico. La ganó quien tuvo más juegos, mejores amigos que prestaban cintas, o simplemente el padre que pagó la factura. Pero cuarenta años después, merece la pena sentar a los tres contendientes en el ring, encender las pantallas y ver quién aguanta más rounds de verdad.
Empecemos por lo que más entraba por los ojos. El Commodore 64 llegó al ring con la artillería pesada: el chip VIC-II, capaz de mover 8 sprites por hardware simultáneamente, con detección de colisiones integrada y resolución de 320×200 píxeles en 16 colores. Los programadores podían hacer trucos de raster para meter más colores en pantalla, y la demo scene del C64 demostraría durante décadas lo que ese chip era capaz de hacer en manos expertas.
El ZX Spectrum, por su parte, tenía un problema conocido como attribute clash —la maldición del color. La pantalla dividía los colores en celdas de 8×8 píxeles, lo que significaba que cuando dos sprites se superponían, los colores "se contagiaban" y producían ese efecto tan característico —y tan criticado— de los juegos de Spectrum. Sin sprites por hardware, los programadores tenían que mover gráficos por CPU pura, lo cual era lento y limitante. Pero ojo: con esas limitaciones, algunos programadores españoles hacían maravillas.
El Amstrad CPC llegó en 1984 con una propuesta visualmente más equilibrada: el chip CRTC permitía trabajar con hasta 27 colores simultáneos de una paleta de 4096, y aunque tampoco tenía sprites hardware, la memoria de vídeo estaba mejor estructurada que en el Spectrum. Los juegos del CPC tendían a tener colores más saturados y fondos más detallados —era un punto a su favor que muchos ignoraron en la época.
Si los gráficos eran una pelea de tres, el sonido era directamente un monólogo. El SID (Sound Interface Device, MOS 6581) del Commodore 64 es, sin exageración, uno de los chips de audio más legendarios de la historia de la informática. Tres voces de síntesis con cuatro formas de onda diferentes (triangular, diente de sierra, pulso y ruido), filtros de paso bajo/alto/banda, envolventes ADSR independientes y efectos de modulación en anillo. Era capaz de producir música que parecía salir de un sintetizador profesional de la época.
Rob Hubbard, Martin Galway, David Whittaker, Ben Daglish, Fred Gray... una generación entera de compositores de música de videojuego construyó su reputación sobre ese chip. Las melodías del SID tienen hoy millones de reproducciones en YouTube y siguen emocionando a quien las escucha con cuarenta años encima. El SID no era solo un chip de sonido; era un instrumento musical.
El Spectrum original montaba un beeper de un solo canal. Un altavoz interno capaz de generar pitidos básicos. Los programadores conseguían cosas sorprendentes con él a base de trucos de timing, pero era como pedir a un triángulo de orquesta que tocara una sinfonía de Beethoven. El Spectrum 128, llegado en 1985, añadió el chip AY-3-8912 de tres voces —el mismo que montaba el Amstrad— y mejoró notablemente la situación, pero llegaba tarde.
El Amstrad CPC, con su chip AY-3-8910 de tres voces, era honesto y funcional. Producía música reconocible y efectos de sonido decentes. No era el SID, pero era infinitamente mejor que el beeper del Spectrum original. En este round, el CPC ganaba claramente al Spectrum pero perdía sin discusión ante el C64.
Aquí la cosa se complica. El ZX Spectrum fue el rey indiscutible del catálogo en el mercado europeo —especialmente en el Reino Unido y España. Se calcula que se publicaron más de 15.000 títulos para Spectrum a lo largo de su vida útil. La razón era sencilla: el Spectrum era barato, popular y fácil de programar en Z80, un procesador que casi todo el mundo conocía. Dinamic, Opera, Erbe, Topo, Zigurat... el software español de los 80 salía primero para Spectrum y luego se portaba al resto.
El Commodore 64 tenía un catálogo de calidad superior en muchos títulos —especialmente en los juegos de origen anglosajón, donde el C64 era la plataforma de referencia. Ocean, Activision, EA, Lucasfilm Games... todos priorizaban el C64 para sus versiones de más calidad. El catálogo superaba los 10.000 títulos, con una proporción de juegos "de nivel" notablemente mayor que el Spectrum.
En España, la mayoría de los grandes estudios nacionales —Dinamic, Opera Soft, Topo Soft— desarrollaban en Spectrum como plataforma base y después portaban al C64, Amstrad y MSX. Eso explica por qué las versiones C64 de juegos españoles como Army Moves o Freddy Hardest a veces las hacían programadores ingleses contratados: las propias compañías españolas no dominaban el hardware de Commodore.
El Amstrad CPC, al compartir el procesador Z80 con el Spectrum, recibía conversiones del Spectrum con relativa facilidad, aunque no siempre bien optimizadas. El catálogo rondaba los 3.000-4.000 títulos, más pequeño pero con la ventaja de que muchos títulos aprovechaban mejor las capacidades gráficas del hardware.
Los ordenadores de los 80 no eran solo consolas de juegos. Muchos hogares los compraron pensando en "aprender informática" —una promesa que los padres vendían para justificar el gasto y que los hijos aceptaban con gusto siempre que incluyera juegos. En ese contexto, la usabilidad importaba.
El Amstrad CPC ganaba este round sin discusión. Llegaba con monitor de color incluido, datasette integrado o unidad de disco según el modelo, y un BASIC bastante sólido. Era el más "completo" de fábrica, y eso lo hacía atractivo para familias que querían una solución todo en uno sin comprar periféricos aparte.
El Commodore 64 era poderoso pero requería inversión adicional: necesitabas una televisión o monitor por separado y un datasette o disquetera. El BASIC del C64 era limitado para aprovechar el hardware —no tenía comandos nativos para sprites o el SID, había que usar POKE y PEEK directamente. Eso lo hacía intimidante para principiantes, aunque perfecto para quien quería aprender de verdad cómo funcionaba una máquina.
El ZX Spectrum tenía el BASIC más elegante de los tres —diseñado por Nine Tiles para Sinclair, con palabras clave como teclas físicas y gestión de errores inteligente— pero el teclado de goma del modelo original era un desastre ergonómico. Eso mejoró con el Spectrum 128 y el +2, pero la imagen de aquellas teclas babosas quedó grabada para siempre en la memoria colectiva.
El dinero siempre tuvo la última palabra. En la España de 1984, un ZX Spectrum 48K podía comprarse por alrededor de 22.000 pesetas —unos 130 euros actuales ajustados muy aproximadamente. Era asequible para una familia de clase media. El Commodore 64, con un precio de entre 45.000 y 55.000 pesetas según año y tienda, era casi el doble. Y el Amstrad CPC 464 rondaba las 44.000 pesetas con monitor incluido, lo que lo hacía comparativamente más barato que el C64 si se contaba todo.
Esta diferencia de precio explica en gran medida por qué el Spectrum dominó España y el Reino Unido: era el ordenador que más familias podían permitirse. El C64 era la máquina de los que podían gastar más, o de los que esperaron al segundo o tercer año cuando los precios bajaron. La historia de los microordenadores domésticos es, en parte, una historia de barreras económicas.
Cuarenta años después, el verdadero ganador se mide en comunidad activa, en demos nuevas que siguen saliendo, en música que sigue emocionando. Y aquí el Commodore 64 gana por goleada. La demo scene del C64 no solo sobrevivió —evolucionó. En 2025 siguen apareciendo demos para C64 que explotan el VIC-II de formas que en 1985 habrían parecido imposibles. La música SID tiene archivos con más de 70.000 canciones en HVSC (High Voltage SID Collection). Hay nuevos juegos, nuevos cartuchos, nuevas revisiones del hardware.
El ZX Spectrum tiene también una comunidad muy activa, especialmente en el Reino Unido y en Europa del Este —Polonia, Rusia— donde el clon Scorpion y otros derivados tuvieron enorme popularidad. La nostalgia española por el Spectrum es intensa y real, con eventos retro donde las cintas de Dinamic y Opera siguen siendo las estrellas.
El Amstrad CPC es quizá el que menos presencia tiene hoy en la cultura retro popular, aunque cuenta con devotos apasionados —especialmente en Francia, donde fue la plataforma dominante— que siguen publicando juegos y herramientas. Menos visible, pero no olvidado.
No fue la más vendida. Fue la más amada.
¿POR QUÉ GANA EL C64?
+ Chip SID, el mejor sonido de la era+ VIC-II con sprites hardware reales
+ Catálogo anglosajón de primer nivel
+ Demo scene viva 40 años después
+ Comunidad global más activa hoy
+ La máquina más vendida de la historia
¿POR QUÉ PUEDE NO SER EL TUYO?
- Era el más caro en 1984- BASIC muy limitado para programar
- Software español salía tarde o mal portado
- En España el Spectrum tenía más amigos
- Sin monitor incluido: gasto extra
- El Amstrad era más "completo" de fábrica
► LA PREGUNTA QUE NADIE RESPONDE CON DATOS
¿Cuál era el mejor? La respuesta técnica la tienes arriba. Pero la respuesta real —la que de verdad importa— es cuál tenías tú. Porque el mejor ordenador de los 80 no era el que tenía más colores o mejor chip de audio. Era el que estaba encima de tu mesa cuando tenías doce años, el que cargaba los juegos con ese chirrido inconfundible de la cinta, el que te enseñó sin que te dieras cuenta que las máquinas hacen lo que tú les dices.
El Commodore 64 ganó la guerra técnica. El Spectrum ganó la guerra del catálogo español. El Amstrad ganó la guerra de la practicidad. Y los tres, juntos, ganaron algo más importante: formaron a una generación entera de programadores, músicos digitales y diseñadores que todavía hoy sienten un pellizco en el estómago cuando escuchan el sonido de un datasette cargando.