MICROMANÍA: LA ESPERA DEL QUIOSCO
Y LOS TRUCOS DE VIDAS INFINITAS
(formato sábana)
(casi solo Spectrum)
La primera Micromanía la compré en el quiosco. La cogí de la estantería, la pagué, me la metí bajo el brazo y me fui a casa tan contento. Hasta ahí, todo normal. El problema fue cuando llegué a casa, la abrí y me di cuenta de algo importante: aquello era enorme. No era una revista. Era casi una sábana de papel impreso con letras. Había que desplegarlo con cuidado y sentarte cómodamente en el sillón.
Aquella misma tarde decidí que no podía seguir así. Que llegar al quiosco y encontrarla agotada —porque volaban, aquello se vendía solo— era un riesgo demasiado alto. Así que mi hermano y yo tomamos la mejor decisión económica de nuestra infancia: nos suscribimos.
Suscribirse a Micromanía en los 80 no era una decisión de consumo. Era un compromiso emocional. Tú ponías el dinero por adelantado, y a cambio el universo te prometía que un sobre gordo y arrugado llegaría a tu casa una vez al mes. Cuándo exactamente, eso ya era cosa del cartero, del servicio de correos, de los astros y de varios factores más que escapaban al control humano.
Y empezaba la espera. Una espera muy concreta, muy física, muy de los 80. Llegabas del colegio, dejabas la mochila, y lo primero que hacías —antes que merendar, antes que encender el C64, antes que cualquier otra cosa— era mirar la mesita del recibidor. ¿Había llegado el cartero? ¿Había algo? Nada. Otro día de nada. Vuelta al colegio al día siguiente. Misma rutina. Mismo resultado.
Micromanía no era una revista normal. Era, literalmente, un periódico grande desplegado en papel de prensa, lleno de reseñas, noticias, trucos y las dos cosas que más nos importaban: los mapas desplegables y los cargadores de vidas infinitas.
Los mapas los guardabas. Los colgabas en la pared de tu habitación. Los usabas de referencia durante semanas mientras intentabas pasarte el juego de turno. Y cuando por fin lo terminabas —si es que lo terminabas— el mapa seguía ahí, como un trofeo en papel.
Existía otra revista. Se llamaba Microhobby. También hablaba de ordenadores domésticos, también traía trucos y reseñas, también la vendían en el quiosco. Pero tenía un pequeño problema: era casi toda del Spectrum. El Spectrum, ese ordenador de caucho y colores planos que tenían los otros. Los que no tenían Commodore 64.
Microhobby era una revista perfectamente válida si tenías Spectrum. Pero si tenías C64, pasabas las páginas a toda velocidad buscando el rincón de turno donde metían cuatro líneas sobre tu máquina, y luego la cerrabas con la decepción característica del que ha pagado dinero para ver su ordenador favorito tratado como un invitado incómodo en una fiesta ajena.
La gente que creció con internet no puede entender del todo lo que era esperar. Esperar información. Esperar noticias de los juegos nuevos. Esperar para saber si alguien había encontrado la forma de pasarse la última fase de ese juego imposible. Hoy abres el navegador y en diez segundos tienes el walkthrough completo, el speedrun en YouTube y el foro donde discuten si es mejor con el mando de la izquierda o el de la derecha.
En los 80, esperabas a que llegara la revista. Y mientras esperabas, tu imaginación llenaba los huecos. Inventabas estrategias. Le preguntabas a los del colegio. Te equivocabas. Volvías a intentarlo. Y cuando por fin alguien en Micromanía publicaba el cargador de vidas infinitas de ese juego que llevabas tres semanas intentando pasar, lo celebrabas como si hubieran resuelto el teorema de Fermat.
ERA FIESTA NACIONAL.
Micromanía no era solo una revista. Era el único canal que teníamos para estar al día. El único lugar donde alguien nos hablaba de nuestros juegos con algo de detalle. Y llegaba por correo, una vez al mes, cuando le daba la gana.
QUE TIEMPOS, DIOS MÍO.
READY.