DINAMIC, TOPO SOFT Y ÓPERA SOFT
TRES NOMBRES QUE LO DIERON TODO
Cuando ves el precio de un juego moderno —setenta euros, noventa con el pase de temporada— siempre pienso en lo mismo: en aquellos tiempos en los que un juego español costaba ochocientas o mil pesetas. Que tampoco es que fuera barato siendo un niño, no vamos a engañarnos. Pero era diferente. Era accesible. Y encima, era nuestro.
Porque sí, hubo un momento en que España hizo videojuegos de verdad. No imitaciones baratas, no clones sin alma. Juegos que se vendían en Europa, que salían en Micromanía con buena nota, que tenían portadas de Azpiri que daban ganas de enmarcarlas. Y detrás de todo eso estaban tres nombres que, si creciste con un ordenador de 8 bits en los 80, seguro que te suenan: Dinamic, Topo Soft y Ópera Soft.
Cada una a su manera, claro. Porque no se parecían entre sí ni por casualidad.
De Dinamic me acuerdo mucho por las portadas. Y por la dificultad, que era de juzgado de guardia. Abu Simbel Profanation lo vi en casa de un amigo y me pareció imposible de terminar. No por falta de habilidad —bueno, también— sino porque el juego literalmente no perdonaba ni un píxel. Era así. Era Dinamic.
Los hermanos Ruiz empezaron como empezaban casi todos en aquella época: con poco dinero, mucha hambre y una buhardilla que hacía las veces de oficina, sala de pruebas y almacén de cintas. Hacían ellos mismos las carátulas, las duplicaban, las distribuían. Y los juegos que salían de allí tenían un estilo muy reconocible: acción pura, héroe carismático, nivel de dificultad cercano a lo cruel, y una estética que mezclaba ciencia ficción con cómic de los 80.
Game Over, Army Moves, Camelot Warriors... Dinamic era el estudio rebelde. El que quería competir con los ingleses y los americanos y a ratos lo conseguía. No siempre. Pero el atrevimiento era real y se notaba en cada juego.
Si Dinamic era el estudio independiente y con carácter, Topo Soft era el estudio con respaldo. Nació dentro de Erbe Software, que era quien distribuía prácticamente todo en España, y eso se notaba: más recursos, más publicidad, más presencia en los quioscos. Llegabas al Corte Inglés o a cualquier tienda y los juegos de Topo estaban bien colocados, con buenas carátulas y un precio que todavía podías discutirle a tu madre.
Sus juegos eran más coloridos, más accesibles, más para todos. Mad Mix Game era adictivo como pocos. Lorna tenía una portada de Azpiri que era puro espectáculo. Emilio Butragueño Fútbol era lo más cerca que podías tener a tú ídolo sin verlo en directo.
Topo quizás no era el más de culto, no tenía esa aura de "solo para iniciados" que tenía Dinamic. Pero era el que más gente conocía y el que más gente jugaba. Y eso, en el mercado, cuenta.
Ópera Soft es diferente a las otras dos. No por volumen, no por publicidad. Por La Abadía del Crimen.
Sí, sé que también hicieron Livingstone Supongo, Goody, Cosa Nostra, y que todos son buenos juegos con esa marca de "esto está hecho con mimo y con ganas". Pero La Abadía del Crimen es otra cosa. Es un juego basado en El nombre de la rosa, en vista isométrica, en un Amstrad o en un Spectrum, que funcionaba y que era bueno de verdad. No bueno para ser español. Bueno sin más.
Que en 1987, con los medios de los que disponían, alguien en Madrid hiciese eso... es que no tiene ningún sentido que sea real. Pero lo es.
A Ópera la conocí tarde. La Abadía era demasiado seria para mí con 9 años. Necesitabas entender de qué iba el libro, o al menos tener paciencia para leer las instrucciones. Yo no tenía ni lo uno ni lo otro. Pero cuando me la expliqué a mí mismo unos años después, ya entendí por qué la gente hablaba de ella con ese respeto que normalmente se reserva para cosas mucho más caras.
Y entonces llegaron los 16 bits. El Amiga. El Atari ST. Después el PC. Y con ellos llegaron costes de desarrollo que aquellas empresas pequeñas, artesanales, hechas de entusiasmo y de cintas duplicadas a mano, no podían asumir.
Dinamic y Ópera cerraron en 1992. Topo aguantó hasta 1994. Y con ellas se llevaron algo que no volvió: la sensación de que un tío en una buhardilla de Madrid podía hacer un juego que te llegara en una caja de plástico y te quitara el sueño durante semanas.
No es nostalgia barata, o no solo. Es que objetivamente fue un momento raro. Un momento en el que la creatividad y las ganas podían compensar la falta de presupuesto. Que no siempre. Que hubo juegos malísimos también, no vamos a fingir lo contrario. Pero los buenos eran muy buenos.
AUNQUE DURÓ POCO.
Que durante unos años en España se hicieran videojuegos que se vendían en el resto de Europa... eso no tiene precio. Tampoco tiene mucha lógica. Pero ocurrió. Y lo viven todos los que estaban delante de un Spectrum, un Amstrad o un C64 entre 1985 y 1991.
MADE IN SPAIN.
READY.