AZPIRI: EL HOMBRE QUE VENDÍA SUEÑOS
EN UNA CAJA DE CASETE
Tape Covers (3 vol.)
Había una vez un casete de un juego del Commodore 64. En la caja, una ilustración que te dejaba sin respiración: una guerrera de otro mundo, una explosión de color, una escena que prometía aventura, acción y probablemente gloria eterna. Metías el casete, esperabas los eternos minutos de carga con esa melodía de fondo que ya conocías de memoria, y entonces... aparecía el juego. Y el juego era lo que era.
Que conste que esto no es una queja. Es un homenaje. Porque el responsable de esa portada imposible era Alfonso Azpiri, y lo que hacía con un pincel era, sencillamente, arte. Arte de verdad, de los que no necesitan excusa ni contexto para existir. Que luego el juego fuera incapaz de estar a la altura de lo que él había dibujado no era culpa suya. Era, si acaso, el mejor piropo que se le podía hacer.
Alfonso Azpiri Mejía nació en Madrid en 1947, en el seno de una familia de músicos. Podría haber acabado tocando el piano en algún conservatorio. Por suerte para todos nosotros, decidió que lo suyo era el dibujo. Sus primeras historietas aparecieron en la revista Trinca a principios de los años 70, y desde entonces no paró. Creó personajes de culto como Lorna —su creación favorita, una serie de ciencia ficción que no era exactamente para llevar al colegio— y Mot, más orientada al público juvenil.
Pero lo que a nosotros nos importa, lo que nos trajo hasta aquí, ocurrió en los años 80. Alguien de una empresa llamada Dinamic tuvo la brillante idea de llamarle por teléfono. Era un chaval de 18 años llamado Pablo Ruiz. Le dijo que quería unas portadas para unos juegos. Azpiri le dijo que sí, que se viniera a casa a hablar. Y así empezó todo.
Seamos honestos: las portadas de Azpiri y los juegos que ilustraban tenían, en ocasiones, una relación muy... creativa. La portada te mostraba una heroína sacada de una película de ciencia ficción de presupuesto galáctico. El juego te daba un sprite de 16x16 píxeles que se movía por una pantalla de colores planos. La diferencia era tan grande que casi resultaba cómica.
Pero aquí está la clave: funcionaba. No solo como reclamo en la estantería de la tienda —que también—, sino como objeto en sí mismo. Aquellas portadas las mirabas mientras cargaba el juego. Las guardabas. Las ponías en la pared. Eran algo más que publicidad: eran arte que venía de regalo con el casete.
Alfonso Azpiri llegó a hacer cerca de 200 portadas para las grandes compañías del software español de los 80: Dinamic, Topo Soft, Opera Soft. Títulos como Viaje al Centro de la Tierra, Abu Simbel Profanation, Phantis, Camelot Warriors, Mad Mix Game, After the War... nombres que cualquiera que tuviera un 8 bits en aquella época lleva grabados a fuego en algún lugar del cerebro.
Y cuando la Edad de Oro del software español fue apagándose a principios de los 90, Azpiri no desapareció. Siguió dibujando, siguió en las convenciones, siguió firmando libros y regalando ilustraciones a sus fans con una generosidad que impresionaba. En 2009 publicó el libro Spectrum, una recopilación de sus portadas de los 80. Luego vinieron los tres volúmenes de Tape Covers. Y en 2012 le dieron el Premio RetroMadrid a la trayectoria, que era lo mínimo que se podía hacer.
Hasta colaboró con estudios modernos —hizo una portada alternativa para Dark Souls II cuando Bandai Namco se la encargó— y participó con un modesto estudio retro para ilustrar La Corona Encantada, un juego para ZX Spectrum y MSX presentado en RetroMadrid 2009. El hombre no paraba.
Falleció el 18 de agosto de 2017, a los 70 años. Le diagnosticaron un cáncer. Había estado en RetroMadrid ese mismo año, firmando, dibujando, hablando con la gente que le admiraba desde crío. Hasta el final fue uno de los nuestros.
POR VENDERNOS SUEÑOS.
Eso es lo que hizo Azpiri: convertir el envoltorio en parte del producto. Hacer que la experiencia empezara antes de meter el casete, en la estantería de la tienda, mirando aquella ilustración que prometía lo que los 8 bits aún no podían entregar. Y hacerlo con una habilidad, una dedicación y una velocidad que, hoy en día, resultan casi incomprensibles.
D.E.P., Alfonso.
READY.